El miedo va a cambiar de bando

El Miedo va a cambiar de bando*

Cuando la gente común ya no tiene más que perder, pierde el miedo. El desencanto general de los colombianos por sus instituciones delata la crisis orgánica del Estado y abre posibilidades reales de cambio en el siglo XXI

MATEO VILLAMIL V.

MEDELLÍN.- “El miedo es sólo una herramienta más en manos de aquellos que se han eregido en dueños del poder” reza una canción contemporánea española. Y no le falta razón, del origen biológico del miedo como mecanismo de supervivencia se desprende su utilización política, esto es, para la organización de la vida en comunidad. El miedo a morir, el miedo a estar sola, el miedo a no encontrar trabajo, el miedo a ser robado, herida, violentado.

…hay una realidad palpable: mientras mis 3 compañeros de trabajo y yo nos ganamos -por ejemplo- 600 dólares (euros, pesos, libras) al mes, el dueño de la empresa, que sólo pone el capital, se lleva 20.000 en ese mismo periodo de tiempo.

¿Pero por qué digo que el miedo va a cambiar de bando?

Bueno, en Colombia vivimos con un miedo endémico. O hemos vivido. Parece que la reciente crisis del capitalismo financiero hizo, como en todas sus crisis, que se replanteara la viabilidad del sistema pero, también como en todas,  a ésta se la llamó “reforma” desde la comodidad de los gobiernos (que lejos de ejercer el poder obedecen a otros poderes, a los verdaderos, los que nadie elige pero tienen toda la plata y por algún mágico giro que al pueblo se le escapa, la legalidad) y a las penurias de los pueblos “ajustes”; pero no contaba el gran capital con lo que, refiriéndose a sus orígenes, el marco teórico del marxismo describía como las herramientas de autodestrucción del capitalismo, creadas junto a la mano de obra asalariada y que ahora se reflejan en lo que alguna vez persiguió fines menos nobles: la inmediatez y el acceso al conocimiento universal, la red informática mundial, o en resumen, el internet…

   No hace falta tener ideología, o mejor, tener consciencia de ella, para ver los profundos vicios de un sistema que se basa en que unos -muy pocos- tengan la plata y otros -la inmensa mayoría- sólo su propia capacidad de trabajar. Independientemente de lo que diga el marco teórico del Marxismo (que por otro lado ha sido siempre muy útil en el análisis económico del sistema en el que vivimos), hay una realidad palpable: mientras mis 3 compañeros de trabajo y yo nos ganamos -por ejemplo- 600 dólares (euros, pesos, libras) al mes, el dueño de la empresa, que sólo pone el capital, se lleva 20.000 en ese mismo periodo de tiempo… ¿Eso quiere decir que poner la plata para un negocio pude generar 30 veces la cantidad de dinero que genera trabajar todo el mes? Bueno, con el capitalismo, sí. Entonces ¿Por qué quien genera los beneficios (mis 3 compañeros y yo que somos los que -por ejemplo- construimos el edificio) no participa de ellos y tiene que conformarse con los 600 dólares? Otra vez, porque así funciona el sistema.

   A cualquiera, sobre la mesa, esto debería parecerle impresentable, o al menos inconveniente, pero es que, dicen los que no lo ven un mal mayor, es gracias a ese salario que puedes acceder al consumo, la educación de calidad y con mucho ahorro llegar a tener el capital suficiente para ganar al mes 30 veces lo que tus hipotéticos empleados ganarán y sin tener que mover un dedo. En cualquier caso estas preocupaciones no son nuevas, son anteriores al capitalismo y podríamos decir que son características de los sistemas en los que la propiedad privada juega un papel importante. Ya sufrían los aparceros y jornaleros europeos en la Edad Media -como lo siguen haciendo muchos colombianos del siglo XXI- la penuria de trabajar arduamente una tierra que generaba muchísimos beneficios para quedarse con insignificantes cantidades que se desmoronaban de las ganancias del dueño del terreno. Y si son preocupaciones de tan lejana data ¿Qué ha pasado hasta ahora?

   Muchas cosas surgieron del descontento y en general los libros de historia ya nos han enseñado a todos los que hemos tenido una educación reglada más o menos lo que ocurrió: hubo revoluciones aquí y allá y se desarrolló la burguesía, estamento innovador que separaría al desvalido del poderoso evitando así el enfrentamiento clasista y que vendría a crear todo el aparato que la tiene a usted, señora lectora, siguiendo estas líneas. Vino lo que a la postre se consolidaría como democracia, el “gobierno del pueblo”, y se reivindicó que las cosas debían cambiar. Se habló de soberanía, se hablo de representación, se hablo de imperio de la ley, se construyeron los Estados modernos, se legitimó el uso de la fuerza para evitar la subversión del orden y más adelante en el siglo XX, tras el fracaso de la izquierda política como ideología global hegemónica, surge la socialdemocracia, donde se reformula la relación de la democracia con el capitalismo…Y todo cambió ¿No?

Tampoco nos aterroriza quedarnos sin el líquido vital o sin cosechas, pues deforestamos, contaminamos y secamos las fuentes hídricas e importamos US$6.000 millones1 (seis mil millones de dólares, sí) al año en alimentos básicos como el maíz.

Yo pensaría que no. Muchos pensamos que no ¿Qué piensa usted?

Como decía, el miedo siempre ha sido elemental para evitar la subversión: “Más vale pájaro en mano que cien volando”, “Cuando Dios cierra una puerta abre una ventana” o “Es mejor malo conocido que bueno por conocer”. En nuestro país sufrimos de un terror insuperable a algo que algunos encontramos ridículo. Me explico, no tenemos miedo a no tener salud pública, porque no la tenemos, no nos asusta no tener educación porque el Estado no tiene una oferta de calidad. Tampoco nos aterroriza quedarnos sin el líquido vital o sin cosechas, pues deforestamos, contaminamos y secamos las fuentes hídricas e importamos US$6.000 millones1 (seis mil millones de dólares, sí) al año en alimentos básicos como el maíz. Lo que en general nos da miedo a los colombianos además de morir o ser atracados en un país violento de América Latina que para acabar de ajustar está en guerra, es el cambio.

   En Colombia nos aterra que las cosas sean distintas. Desde la independencia de la Corona Española hemos luchado unos contra otros por establecer cómo deben cambiar las cosas para que en este pedazo riquísimo de tierra se viva mejor. En decenas de guerras civiles, repito, decenas de guerras civiles, del siglo XIX y con la violencia continuada de todo el siglo XX, básicamente se han propuesto dos tipos de país: uno de sabor republicano, es decir, que preconiza el imperio de la ley, la igualdad para los miembros que constituyen la ciudadanía y con un claro acento público, plural y laico. El otro de carácter conservador, religoso y ligado a las oligarquías criollas (colombianos cuyo origen se halla en la élite española de la colonia). Es mucho lo que se ha escrito sobre la naturaleza de los distintos enfrentamientos a lo largo de nuestra historia, pero sería absurdo negar que son básicamente la resistencia de los terratenientes conservadores-y en el presente de las élites económicas-  por reformas liberales -hoy progresistas- y la reticencia de la Iglesia Católica para renunciar a su omnipresencia en la sociedad nacional,  los factores que no han permitido un cambio sustancial en la sociedad colombiana.

Sin embargo, en los últimos 5 años el ánimo de ciudadanías más sólidas como podrían ser las de Madrid, España o Nueva York en los Estados Unidos, entre otras, han lanzado interrogantes, metodologías y sensaciones a todas partes del mundo…

   Sin embargo, en los últimos 5 años el ánimo de ciudadanías más sólidas como podrían ser las de Madrid, España o Nueva York en los Estados Unidos, entre otras, han lanzado interrogantes, metodologías y sensaciones a todas partes del mundo donde la gente, contagiada en parte por fenómenos como el movimiento 15-M, Occupy Wall Street o sus homólogos internacionales, se empieza a reunir, independientemente de su ideología o su lectura política de país, para reclamar a los políticos, los organismos supranacionales y a los bancos su apropiación de las instituciones.

   Los ciudadanos globales de 2016 han visto, principalmente por internet, como la geopolítica ha ido desnudando a los responsables centrales de la disfunción en la sociedad mundial; la guerra o el hambre, la deuda pública o el desempleo han ido pasando de ser conceptos que sólo entienden los “políticos profesionales” (aquellos que ya no cumplen un papel representativo del poder de las personas comunes y corrientes sino que se apoltronan en una silla por años, cuando no décadas, ejerciendo simplemente como manipuladores no supervisados del destino de las naciones), a ser puntos comunes en las preocupaciones de ciudadanos cualesquiera de distintos orígenes socioeconómicos y culturales, que creen que son ellos mismos los que deben decidir los derroteros de sus comunidades y no un banco, una multinacional o las entidades financieras internacionales que han demostrado cómo sus medidas no funcionan para mejorar la vida de las mayorías.

…ciudadanos cualesquiera de distintos orígenes socioeconómicos y culturales, que creen que son ellos mismos los que deben decidir los derroteros de sus comunidades y no un banco, una multinacional o las entidades financieras internacionales que han demostrado cómo sus medidas no funcionan para mejorar la vida de las mayorías.

   La movilización en Colombia ha pasado de ser cosa de “guerrilleros”, “comunistas”, “hippies” o estudiantes (epíteto, este último, que irónicamente en la sociedad colombiana viene envuelto de cierto prejuicio que los sitúa caricaturescamente entre un idealismo patético y el activismo filoterrorista), para convertirse en el cauce para todas las reivindicaciones de los habitantes del país. Las cámaras para denunciar, Facebook o Twitter para convocar y los hashtags para masificar y popularizar, han hecho que las preocupaciones de la gente normal se reproduzcan en dispositivos a lo largo y ancho del país, sin importar si se trata de un adolescente que vende fruta en Buenaventura o de un profesor de universidad de Medellín.

   Mataron a Rafael Uribe Uribe, mataron  a Jaime Pardo Leal, mataron a Carlos Pizarro, mataron a Jaime Garzón… Mataron a Nicolás Neira. La muerte, el señalamiento o el ostracismo se hicieron históricamente consustanciales a las movilizaciones en nuestro país, pero la inmediatez y la universalidad de sus nuevos métodos han hecho que, frente a la precariedad de los sueldos, la inseguridad de un país con un debilísimo sistema de salud, frente a un sistema educativo privatizado y a una ineficacia estructural en lo político, lo económico y lo social, el miedo se empiece a desvanecer.

   En un país donde la violencia hace parte central del día a día, el hecho de que los ciudadanos, y principalmente los más jóvenes y preparados pierdan el miedo, implica que algo de verdad está ocurriendo. Bien rezaba uno de los lemas de Juventud Sin Futuro cuando yo cursaba la carrera de Sociología en la Facultad de C.C Políticas y Sociología de la UCM en Madrid: cuando te encuentras “Sin casa, sin curro (trabajo), sin pensión”, inevitablemente terminas “sin miedo”. Y es que los poderes empiezan a asustarse cuando ven que sus clases subalternas (las mayorías) pierden el miedo.

   Como diría uno de los mayores intelectuales políticos del siglo XX: para construir la paz de un nuevo país con igualdad y justicia para todas y todos, “instrúyanse, necesitaremos toda su inteligencia. Agítense, necesitaremos todo su entusiasmo. Organícense, necesitaremos toda su fuerza”.

*”El miedo va a cambiar de bando” es el nombre original de una canción de la agrupación española Los Chikos del Maíz.

El miedo va a cambiar de bando

1 REDACCIÓN (9 de agosto de 2015). Conozca cuáles son los alimentos importados que más consumen los colombianos. El País. Recuperado de http://www.elpais.com.co

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