La guerra convirtió a Colombia en una “Gamincita”

¿Por qué en el siglo XXI hay un país rico en recursos, con una posición geopolítica privilegiada y […] una población urbana joven y educada, que aún no ha terminado de construir un Estado de derecho cuando […] ya se consolida la lente post-democrática para el análisis de esta brutal crisis global del capitalismo?

ANA MARTÍNEZ y MATEO VILLAMIL VALENCIA
Fotografía por Carlos Felipe Congote

MEDELLÍN.- ¿Por qué en el siglo XXI hay un país rico en recursos, con una posición geopolítica privilegiada en el presente y especialmente en el futuro y que tiene una población urbana joven y educada, que aún no ha terminado de construir un Estado de derecho cuando en el centro del universo mundo, el mundo “desarrollado”, ya se consolida la lente post-democrática para el análisis de esta brutal crisis global del capitalismo?

Esta ha sido una crisis especialmente mediática y debatida -por la cuenta urgente que les trae- en las democracias más consolidadas tras la segunda guerra mundial (patronas hegemónicas de la cultura mundial), pero que además de ser en parte la cristalización de una pre crisis que ya se dio en nuestro subcontinente a finales del XX y principios del XXI, genera de nuevo interrogantes y plantea cambios de paradigma en nuestro país, no sólo por parte de las academias o del mundo parlamentario, sino también por parte de la gente normal, del profesor, del taxista, de la lotera, la carnicera y del estudiante. Todos coinciden en que 60 años de guerra no pueden continuar en una nación moderna y que aspira a convertirse en un referente soberano y a tener en cuenta dentro del nuevo polo geopolítico mundial: Latinoamérica. No queremos más guerra.

Y es que el uribismo no está desapareciendo como ideología porque los colombianos seamos menos sádicos, intolerantes o egoístas, que parece que también. Ha perdido potencia y hasta credibilidad como discurso ideológico o como referencia para la opinión política personal, principalmente porque el mundo ya cambió y cambia a una velocidad tal que no nos permitirá rezagarnos en el futuro próximo más de lo que ya estamos (a riesgo de confirmarnos un Estado fallido) frente a países del entorno como Chile, Uruguay o Ecuador, sólo por unos intereses económicos tercos que hay en continuar con la sangre. Porque si no son económicos, díganme entonces qué otro interés puede haber en que hermanas y hermanos se sigan matando tras décadas de guerra.

Y es que el uribismo no está desapareciendo como ideología porque los colombianos seamos menos sádicos, intolerantes o egoístas, que parece que también. Ha perdido potencia y hasta credibilidad […] principalmente porque el mundo ya cambió y cambia a una velocidad tal que no nos permitirá rezagarnos en el futuro próximo más de lo que ya estamos […] por los intereses económicos que hay en continuar con la sangre.

La velocidad en los cambios hace que nuestra adaptación al mundo parezca pintoresca y nos haga ver con pesimismo y resignación ironías como que tengamos vanguardias legales a la altura de los matrimonios de personas del mismo sexo y la adopción en el seno de sus familias, o la legalización del uso científico, médico y terapéutico de la marihuana, pero no tengamos, por ejemplo, un sistema férreo nacional. Pero ese tren de progreso social y humano que, claro, no hemos podido coger sino que hemos tenido que emular en flota, de manera desigual y turbulenta, también hace que aunque haya millones de colombianos que comen mal y apenas sepan escribir, también haya agentes de cambio dentro de los privilegiados y preparadas jóvenes de nuestro país, dispuestos a romper con el régimen de la muerte y la supremacía del dinero sobre las personas.

La guerra ya no encaja en nuestra estructura social y como algunas sensibilidades populares, artísicas, políticas y académicas en nuestro país, nuestro entorno ya está despertando. Parece que somos ya los únicos, dentro de las potencias de la región, que seguimos atrapados en la época del latifundio, de la servidumbre, la mendicidad y la limosna en todas las dimensiones de la interacción humana, del extraccionismo y la superstición religiosa. Vivimos en un país del siglo XIX que no puede acceder al centro del universo mundo (el llamado 1er mundo), como si “pa allá no pasara buseta”.

Colombia suscita a veces, en el análisis patriota y dolorido, una mezcla de tristeza y, cómo no, algo de esperanza. Esta patria boba es como la “niña gamincita” que en alguna ocasión hemos estado a punto de arrollar o pisar caminando por alguna acera, que a veces va sola, y otras acompañada. Muchas de estas veces, de una madre Embera o Guambiana. Una madre de identidad robada, cosmovisión violentada y que como la realidad y problemática multiétnica de nuestro país, ha sido despreciada y “exotizada” en la construcción del relato social de la República. Como zombies, en todas las ciudades y municipios de Colombia habitan fantasmas vivos del Pueblo Fundamental de esta tierra, la sangre caliente y fluyente de la vena abierta latinoamericana de Galeano.

Vivimos en un país del siglo XIX que no puede acceder al centro del universo mundo (el llamado 1er mundo), como si “pa allá no pasara buseta”

Esa niña de la calle, nuestra nación, tiene unos ojos luminosos y la energía y vitalidad de la niñez ansiosa. A pesar de la cara sucia, por genética es recia, fuerte, sana, avispada y hasta bonita. A veces, por caridad, dicen, le regalan juguetes usados o rotos como aquel poco conocido documento, nuestra “la mejor del mundo sobre el papel” constitución, los derechos emanados de ésta y de otros cientos de leyes, que también son cartón. Los salarios inviables para el crecimiento económico a través de la generación de empleo y el aumento del consumo, o los camioncitos con carrocería de “bus” y los buses pegados (de a dos y de a tres) en lugar de metros o trenes, entre otras perlas que en el 2016 seguimos aceptando.

Por desgracia somos muy como esas “niñitas gamincitas” que siempre están en el centro de nuestras Medellín, Cali o Montería, deambulando abandonadas. Sea huyendo de la granada de fragmentación que le metió el Doctor (no, no se doctoró nunca en nada, se inventó el título) Enrique Peñalosa al “Cartucho” en Bogotá, o bien salida de alguno de los millones de ciclos de exclusión de nuestro país en guerra que, como las empanadas a $1.000 o los puestos de “Chance”, están en todas partes.

Somos el “este país debería ser…uff!”, aprendiz de todo y maestro de nada, el “estamos como estamos” que básicamente, como al habitante de la calle, la guerra le ha dejado 4 heridas fatales:

Porque si no son económicos, díganme entonces qué otro interés puede haber en que hermanas y hermanos se sigan matando tras décadas de guerra.

1.”No come”: sólo nos alcanza para arroz, cadáver, plátano, papa y jugo. Nada de comer bien, con tener muchas calorías encima es suficiente pa vivir y seguir siendo esta estirpe baja y gordita que aún somos. Tener trabajadores/investigadoras/estudiantes mal alimentadas, mal educadas y mal pagadas/subvencionadas, es la peor receta para que un país crezca económicamente. No lo digo yo, es Economía Política I.

2. “No tiene educación”: en Colombia la pública, no como el presupuesto militar y los costes de oportunidad frente a las alternativas en una construcción de paz y en escenarios de paz, que son muchísimos, no está financiada, por lo que tiene carencias estructurales gravísimas y la privada es, en general, o deficiente o impagable.

Los medios públicos de información y ocio están pobre o muy pobremente financiados. De los otros…Bueno, mejor no hablemos mucho de la oferta privada de televisión o prensa de Colombia. Propongo más bien el análisis de los oligopolios y monopolios mediáticos que, como con la sanidad y la educación, convierten un derecho -el de la información- en un negocio. Hay muchos ejemplos de cómo funcionan y algunos de cómo se les combate, como en, ejem, Ecuador. Claro, si los colombianos, o cualquier pueblo, opina exactamente como desean los 4 grupos empresariales más ricos del país y dueños de los medios ¿Cómo se le puede pedir a éstos ser parciales, honestos o siquiera interesantes? Hagan la prueba, sigan el rastro del dinero, averigüen quiénes son los dueños de la información, pues construyen discurso y sentidos comunes…Los que les conviene a ellos, no a las mayorías sociales.

3. “No tiene fuercitas ni salud”: El sistema sanitario colombiano, garante de la vida y la salud pública -que son derechos-, está en poderosa medida privatizado, esto es, comercializado, está intermediado, es malo y, lo peor, es restrictivo.

Si un derecho está gestionado o facilitado bajo intereses empresariales, es decir, de negocio, es imposible que pueda ser garantizado, pues siempre dependerá de las oscilaciones en los beneficios de esa(s) empresas. Los avances tecnológicos, la evolución de las ciencias médicas y afines, o la gestión y prestación eficaces no redundarán directa y exclusivamente, como cabe esperar de un derecho, en los beneficiarios del sistema sanitario, sino en la voluntad empresarial del privado. Aunque haya límites. No se metieron a hacer negocio por solidaridad, sino por dinero, cosa que no es ni buena ni mala, en cualquier caso, legítima. Así son los negocios. Pero no hablamos de negocios, hablamos de un derecho. Vuelta a la reflexión incial.

Después de décadas perdidas en las que la soberanía no la ha ejercido la ciudadanía, es decir, la gente […] , es nuestro destino dejar de matarnos para construir el país que queremos ¿Qué país? El de todos, atrevámonos a discutirlo. El ruido de la metralla, el resplandor del cuchillo y el hedor de la sangre no nos lo ha permitido.

4. “No tiene sueños”: Porque sin plata y sin salir del país no se cumple casi ninguno y sin tiempo menos. Cobramos por ley muy poco y trabajamos “como un verraco”, demasiadas horas. Está demostrado, hoy en día podemos trabajar muy pocas horas al día y tener una economía expansiva que genere desarrollo sostenible y calidad de vida. Pero no, aquí luchamos apenas pa continuar viviendo, no vaya a faltar uno a trabajar por morirse o enfermarse.

Aunque claro, en Colombia, como todo, “se le tiene”. Se le tiene la opción que el genial capitalismo financiero terminó de endosarle a la humanidad hasta los confines profundos de sus entrañas, aunque, ruin consejero, haya quebrado al mundo entero ya varias veces: el crédito. Pero claro, ya sabemos lo que pasa después cuando no puedes pagar la deuda o los intereses y las condiciones resultan ser abusivas o criminales: o te mata el pagadiario, o te castigan las instituciones financieras internacionales, o te embargan tu casa sin importarles un carajo. Pregunten en España, que está muy en Europa y se come más balanceado ¿O será mejor preguntarle a la nación vecina que era también una “gamincita” hasta hace años, al sur de Pasto, cuando decidieron reapoderarse de su destino?

Después de décadas perdidas en las que la soberanía no la ha ejercido la ciudadanía, es decir, la gente, sino los bancos, los organismos supranacionales no democráticos, las voluntades acumulativas y caníbales de la corrupción y la guerra, es nuestro destino dejar de matarnos para construir el país que queremos ¿Qué país? El de todos, atrevámonos a discutirlo. El ruido de la metralla, el resplandor del cuchillo y el hedor de la sangre no nos lo ha permitido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s